Cuentos en español - La lechera

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Cuentos en español/Spanish stories/La lechera

María Blanco vivía en un pueblo muy pequeño cerca de un lago rodeado de altas y verdes montañas.

Todas las mañanas se levantaba temprano para repartir por el pueblo la leche que producía en su granja su amable vecino Juan. La vida de María era sencilla y a sus doce años podemos decir que María era feliz.

Una noche, mientras descansaba de una dura jornada de trabajo, decidió abrir un libro que su padre había dejado en su habitación.

Hasta entonces, para María leer era sólo una tarea más de la escuela, pero cuando llegó a la segunda página del libro, se dio cuenta de que no podía parar. Aquel libro era fantástico. Hablaba de multitud de lugares y personas, de mundos muy diferentes a aquél en el que vivía. “El mundo abierto”. El título lo decía todo.

Ese día María empezó a soñar. Su pueblo ya no era el único lugar bello y tranquilo del mundo. Su lago se quedó pequeño comparado con la inmensidad del mar. Comprendió que había mucho más al otro lado de las altas y verdes montañas.

A la mañana siguiente, mientras repartía la leche por el pueblo, su mente no dejaba de trabajar.

“Mañana me pagará Juan mi primer sueldo. Ahorraré ese dinero y en tres meses trendré suficiente para comprar huevos y alquilar un pequeño lugar donde pueda criar pollos. Los pollos crecerán bien alimentados. En el mercado me pagarán mucho por ellos. En poco tiempo podré comprar un cerdo que engordará poco a poco. Cuando lo venda, seguro que me dan bastante para tener mi primera vaca. La vaca tendrá terneros que crecerán y me dará leche para poder venderla yo misma por el pueblo y los pueblos de alrededor. En unos años podré salir de aquí, podré conocer otros mundos e iré a la universidad donde no dejaré de estudiar hasta que...”

¡Plumcatapromplafff!

María no vio la piedra, una maldita piedra en su camino. La leche salió disparada, los cántaros que la transportaban quedaron hechos añicos, la cara de María, sucia de barro y sangre, mostraba una terrible decepción.

Cuando Juan se enteró de que ese día no obtendría beneficios por la venta de la leche, se puso furioso. María no sabía qué decir. Ni siquiera un sincero “lo siento” sirvió para calmar a Juan.

Pasó el tiempo y María siguió trabajando para Juan, pero ahora sentía más que nunca la necesidad de salir de aquella vida que ya no la llenaba. El primer sueldo que le pagó Juan después de descontar las pérdidas que le había producido su caída, lo ahorró por completo. Lo mismo hizo con el segundo y el tercero.

Cuando tuvo dinero suficiente, continuó con los planes que había truncado su caída:

Un amigo de su padre le dejó un pequeño cobertizo que estaba abandonado y fue al mercado a comprar los huevos de los que en un futuro nacerían los pollos. Cuando volvía a su pueblo con los huevos, su mente no dejaba de trabajar:

“...iré a la universidad, donde no dejaré de estudiar hasta que aprenda todo lo que me gustaría saber. Cuando termine en la universidad...”

¡Plumcatapromplafff!

Aquello no podía ser verdad. A María no le dolían los brazos, ni las piernas, ni la cabeza a pesar de la terrible caída, pero el dolor en el alma era insoportable. Sus sueños se veían truncados otra vez por una maldita piedra en su camino.

La niña decidió seguir luchando. Juan seguía necesitando alguien que vendiera su leche y María no estaba dispuesta a renunciar a sus sueños.

Pasó mucho tiempo antes de que pudiera ahorrar otra vez para comprar los huevos. El deseo de salir de su pueblo y de ir a la universidad era cada vez más fuerte. Los duros inviernos los dedicaba a leer después del trabajo, imaginando su primer día en la universidad. Quería estar preparada para aquel momento. Los veranos los pasaba cerca del lago a la sombra de un árbol con un libro en la mano. Era su forma de relajarse después de un duro día de trabajo.

Por fín María pudo comprar los huevos. Crió unos pollos estupendos que vendió en el mercado. El cerdo que compró con los beneficios le dio mucho trabajo, pero mereció la pena. En poco tiempo se vio con una vaca de la que nacieron unos hermosos terneros. Aquello funcionaba.

Un miércoles de julio, mientras volvía a su casa, María vio a lo lejos aquella maldita piedra que por dos veces había frustrado sus sueños. La miró durante dos segundos y sonrió. Fue en ese preciso momento cuando sintió que había llegado el momento de salir del pueblo. La universidad le estaba esperando.

En el pueblo la iban a echar de menos. No había nadie que no apreciara y valorara a aquella niña tan decidida y trabajadora. Todos se sintieron un poco tristes cuando el tren desapareció tras las montañas, pero la vida tenía que continuar.

La gente del pueblo, sus amigos y su familia empezaron a acostumbrarse a la vida sin ella. Cada semana sus padres recibían una carta en la que hablaba de sus progresos en la universidad.

En los períodos de vacaciones María empezó a viajar. Comenzó por los lugares más cercanos a la universidad, pero poco a foco fue conociendo otras zonas, otras regiones, otras gentes.

No paraba de tomar notas de todo lo que veía y observaba ni olvidaba nunca enviar una postal a su familia.

Pasó el tiempo.

Un día, muchos años después de aquél en el que María había salido de su pueblo, se oyó a lo lejos el silbido de un tren. Esta vez sonaba diferente. Era como si quisiera avisar de algo. La gente salió a la estación para comprobar qué pasaba. Cuando María bajó del tren una gran alegría recorrió los corazones de aquella buena gente. Aquella niña tan decidida y trabajadora volvía a estar entre ellos.

Estaba encantada de estar otra vez en su pequeño pueblo cerca del lago y de las verdes y altas montañas.

Después de una pequeña fiesta de bienvenida fue a hablar con Juan. Quería saber si aún necesitaba alguien que repartiera la leche que producían sus vacas.

Juan sonrió y, muy contento, le dijo:

-Claro que sí, pero ten cuidado con las piedras.

María empezó a trabajar otra vez para él.

Todas las mañanas se levantaba temprano para repartir por el pueblo la leche que producía Juan en su granja. La vida de María era sencilla y podemos decir que era feliz. Una noche, mientras descansaba de una dura jornada de trabajo, su padre entró en su habitación.

-Hola papá. Gracias por dejarme aquel libro cuando tenía doce años.

-¿Qué libro?

-Éste que tengo en mis manos.

Cuando María lo abrió y leyó el título, se quedó de piedra: “El mundo abierto” por María Blanco.

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